En otra entrada del blog exploré brevemente sobre los orígenes y antecedentes del videojuego arcade:
"Los flippers de la soledad
La inscripción Pachinko en caracteres latinos indica en Tokio y en todas las ciudades del Japón las salas de flippers o Juegos eléctricos que se distinguen de los americanos y europeos porque son verticales, ordenados en fila, uno pegado al otro, y el que juega está sentado.
A juzgar por el número de locales y la frecuentación del público a toda hora, se diría que el pachinko es hoy la gran pasión japonesa. Las salas están decoradas con los colores del arco iris, por dentro y por fuera, iluminadas con tubos de neón y lamparitas de colores que se encienden y se apagan. Las musiquillas difundidas por los altoparlantes armonizan con este lujo visual.
Pero si no fuera por la agresividad cromática y acústica, no nos daríamos cuenta de que se trata de un local de diversión al ver esas filas de personas sentadas en banquitos, cada una frente a su pequeño escaparate vertical como en un puesto de trabajo, los ojos fijos en el centelleo del mecanismo relumbrante, maniobrando los pulsantes con gestos de autómata. Da la impresión de estar en una sección de una fábrica o de una oficina, con equipo electrónico, en pleno horario de trabajo.
Entre nosotros los flippers de los bares e incluso los de las salas de juego, casi siempre rodeados de grupos de jóvenes, son terreno de desafíos, apuestas, recíprocas tomaduras de pelo. Aquí se tiene la impresión de una soledad multitudinaria, nadie parece conocer a nadie, cada uno está dedicado a su juego, mira fijo su fulgurante laberinto e ignora tanto al vecino de la derecha como al de la izquierda, cada uno como encerrado en su celda invisible, aislado en su obsesión o condena.
Se encuentran pachinko un poco en todas partes, en los diversos centros de la policéntrica Tokio y en las diversas periferias, pero sobre todo en los barrios de vida nocturna. En medio de los night-clubs, en las pizzerías de colores italianos, en los locales de striptease, en los poruno-shops (la palabra porno está adaptada a la pronunciación japonesa), del olor de anguila cruda o frita en aceite de soja, en el corazón de este mundo ruidoso los pachinko se abren como metálicos jardines de absorta concentración individual.
Los frecuentadores son por lo general hombres de cualquier edad; pero por la mañana, cuando los carteles de los barrios de diversiones están apagados, sólo los arcos iris de los pachinko permanecen iluminados y un nuevo público se adueña de los juegos: las buenas amas de casa con la cesta de la compra. Mujeres de mediana edad o viejecitas, sobre todo, con sus quimonos de colores tornasolados, grandes nudos en la espalda, zuecos sobre calcetines blancos, se sientan delante de las maquinitas, dejan al costado la cesta de la que asoman el apio y las patatas dulces, y muy rápidas, como si maniobrasen una máquina de coser o un telar eléctrico, dedican a los rebotes de las pelotitas una atención calma y complacida.
Italo Calvino en "Coleccion de arena"

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