Juegos y pánicos morales: una relación de larga data.


Steven Poole, en su libro Trigger Happy, da cuenta de que Platón definió al «juego» de la siguiente manera: "Lo que no tiene utilidad, ni verdad, ni semejanza, ni tampoco es perjudicial en sus efectos, se juzga mejor por el criterio de su encanto y por el placer que proporciona. Este placer, que no conlleva ningún bien ni mal apreciable, es el juego".

No sé si los videojuegos tienen utilidad, pero quienes somos fanáticos de ellos sabemos que son divertidos. En el bando de los detractores, en diversas oportunidades a lo largo de la historia, se les ha encontrado una utilidad a los videojuegos: culparlos de los males sociales. Desde el declive moral y el aumento de la delincuencia hasta las adicciones, la lista de perjuicios atribuidos es larga.

Sostener que toda regulación o miedo social es automáticamente un "pánico" constituye, paradójicamente, un mecanismo de defensa que replica la misma estructura lógica de quienes están atrapados por dicho pánico. Es una respuesta binaria que anula el matiz. Al igual que el moralista reduce la complejidad del juego a un "veneno social", el defensor que etiqueta toda duda como "delirio" reduce la complejidad de las preocupaciones comunitarias a una simple patología mental.

Como cualquier producto cultural de consumo masivo, los videojuegos no existen en un vacío; son dispositivos que interactúan con la psiquis, la economía y las estructuras de poder:

"Si bien no todos los que participan en este tipo de debates tienen razón a largo plazo, los temas planteados y la retórica empleada a lo largo de estos conflictos culturales ofrecen una perspectiva de las preocupaciones de las figuras comunitarias (presidentes de asociaciones de padres y maestros, padres, ministros) que a menudo tienen una profunda influencia incluso cuando no gozan de reconocimiento público. Argumentar que los videojuegos no son una fuente legítima de preocupación social sería negar su importancia cultural.Coin-operated Americans: RebootingBoyhood at the Video Game Arcade Autor Carly A. Kocurek

Los videojuegos no fueron la primera fuente de entretenimiento en provocar ansiedad social y cultural. La construcción de chivos expiatorios a través del juego tiene precedentes históricos y muy anteriores en el tiempo a la aparición de los videojuegos. Los juegos de naipes y los de apuestas son, evidentemente, un lugar común. Ese lugar común de sufrir persecución que también los pinballs ocuparon en los tiempos de la mafia. Pero el ajedrez es un ejemplo que, en principio, parecería alejado del pánico moral. Supongo que la falta de utilidad debe ser el combustible primigenio que enciende a los moralistas.

  

Era allá lejos, en el internet de la primera década de los 2000, tiempos de los foros de discusión. En una encarnizada disputa sobre el supuesto efecto dañino de los videojuegos violentos en la psiquis, traje a colación en la polémica en qué lugar tendríamos que poner entonces al ajedrez: un juego violento y militarista. Lo usé como argumento de Reductio ad absurdum, porque no es lo que realmente pienso sobre el ajedrez.

El qué si alguna vez expresó sus recelos sobre el ajedrez fue Albert Einstein : "No me gusta este tipo de lucha. Los motivos de mi aversión al ajedrez son, sobre todo, de índole ética. A saber: que la meta principal del juego consiste en batir al adversario mediante la aplicación de distintos trucos y engaños". https://unespacioparaelajedrez.blogspot.com/2009/01/emmanuel-lasker-albert-einstein.html

En el siglo V a. C., los Diálogos deBuda registran sus supuestas palabras: "algunos reclusos... mientras viven de alimentos proporcionados por los fieles, continúan adictos a juegos y recreaciones; es decir... juegos en tablas con ocho o con diez filas de cuadrados".

En el año 655, el yerno —y primo— de Mahoma, el califa Alí ibn Abi Tálib, alertó sobre la idolatría de imágenes que conllevaba el ajedrez. No podía admitirse que las piezas representaran ídolos, ya que esto contrariaba las prescripciones del Corán.

Pero la cuestión puede venir de mucho antes. Hace más de 2000 años, el ashtápada indio (un antecesor del ajedrez) fue prohibido a los devotos del brahmanismo. Se ordenó a los creyentes no aprenderlo, bajo la premisa de que los hombres sabios debían abstenerse de todo tipo de peleas.

En el Egipto del año 1005 se ordenó una quema de tableros de ajedrez. En 1061, el cardenal católico san Pedro Damián o Petrus Damiani (1007-1072) prohibió a los clérigos jugarlo y ordenó una quema de tableros. En 1125, el obispo Guy de París llegó a excomulgar a sacerdotes sorprendidos jugando. Asimismo, Luis IX de Francia prohibió el ajedrez en 1254 debido a su aversión general por todos los juegos de azar y de mesa.

En 2025, los talibanes prohibieron el ajedrez en Afganistán; sostienen que, bajo la Sharia, el juego se considera una forma de apuesta.

Entre los siglos XVI y XVII, el juego de la oca despertó sospechas en sectores conservadores. El motivo de su pánico se argumentaba en la estructura del juego, basada puramente en el azar (el destino) y no en el mérito o la habilidad. Esto enviaba un mensaje «peligroso» y «pagano» sobre la vida, contradiciendo la doctrina del esfuerzo y la providencia divina. En algunos estados alemanes y en sectores puritanos de Inglaterra se restringió su uso por considerarlo una distracción frívola que promovía una visión determinista del mundo.

(*) El texto de la entrada es de mi autorìa -obviamente salvo las citas-. Luego correcciòn ortografica y gramatical con IA Gemini.

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